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La poética de Ron Riddell Por Rogelio Guedea
En este último estadio, el de la fluctuación o identificación de una sola perceptiva poética, se enmarcará la obra del poeta Ron Riddell (Auckland, 1949), quién además es pintor, narrador y promotor cultural. Descendiente de una familia de artistas (su padre editor, músico y brillante contador de historias, y su madre una talentosa pintora), la infancia de Ron Riddell transcurre en un ambiente eminentemente libresco. Sus primeras influencias, que en realidad han persistido hasta la actualidad, la constituyeron lecturas de Walter de La Mare, Dylan Thomas, W.Y. Yeats y John Keats, a las cuales se añadirían William Blake y los románticos ingleses (Coleridge y Shelley), cuyos sedimentos pueden hallarse claramente(o entre líneas, si se quiere) en su propia poesía a los diecisiete años, impulsado obviamente por sus lecturas tempranas. Aunque no elude (ni niega)la estética modernista neozelandesa (Curnow, Stead, etcétera), su poesía se inclinó por formas menos crípticas o cerradas y se abrió a canales expresivos de mayor holgura prosódica. Se alejó del realismo social (aunque el constitutivo realista de su obra sea también claro y ahora lo haya empezado a retomar en un libro como El milagro de Medellín y otros poemas)y se regodeó en poéticas relacionadas con las tendencias imaginísticas, surrealistas y culturalistas, sin dejar la influencia minimalista de procedencia oriental y los ecos del gran impacto causado por la gran inmersión en la cultura griega. El culto por la imagen y el regusto por la exposición del conocimiento experiencial y de cotidianidad metafísica, lo identifican más con las propuestas estéticas no sólo del grupo de Wellington (Baxter, Johnson, entre otros) sino tambi9én con poetas griegos contemporáneos, principalmente Cavafis, Seferis y Ritsos. Una obra que se ha desarrollado casi al margen de las estéticas predominantes, sin sentido de pertenencia a un grupo específico ni concesiones estilísticas de ninguna especie, la poesía de Ron Riddell podría dividirse en tres grandes apartados (que son al menos, los más visibles o que en todo caso, señalan una constante). El primero de ellos está empalmado con una conciencia casi atávica a la poesía neozelandesa primigenia: el de la relación hombre – naturaleza. La presencia del paisaje, la fauna y el sentido originario del color de la geografía local, esto es, su atadura profunda a la naturaleza hace surgir en la obra de Riddell una poesía constituida con base al diálogo que el poeta entabla con su entorno. No es para menos, Nueva Zelanda cuenta con una de las reservas naturales más bellas del mundo. Grandes ríos de aguas turquesas, enormes acantilados, incontables pastizales, y montañas, playas en donde se pasean sin reticencias leones marinos y pingüinos, aves de especie variadísima, árboles de edades insondables, etcétera, crean por sí mismos una forma de mirar y entender el mundo. Estas disposiciones naturales han creado una línea escritural, temática e incluso de constitución imaginísticas muy distinguible en la poesía de Riddell, desde el primero hasta el último de sus libros. La fusión de la palabra evocadora del lenguaje y ánimos provenientes (el río, los pájaros, la nube, la piedra), unida a una inteligencia que escarba en el sentido metafísico del every day, se trasluce en su poesía a través de imágenes de innovadora frescura. En una orilla está el poeta contemplativo y, por ende, el poema que piensa, pero en la otra está el poeta transformado en un surtidor de imágenes cargadas de fuerza expresiva.
Sobre la empalizada blanca, Sola una hormiga camina ¿tarde ya para la cena?
Encuentra un sendero azul hacia una tierna ramilla de té
mientras el cielo, complaciente, baja la vista y la mira.
Al lado de este punto de mira, se abre otro en la poesía de Ron Riddell, uno que se tensa en la reflexión y va a ala busca (o al encuentro) de un sentido, de una respuesta, que bien puede ser metafísica u ontológica. El poeta, bajo este dictado, busca ir más allá de lo puramente figurativo, aunque la realidad (vivida o deseada) sea su principio de arborización, su despliegue. En este tipo de línea expresiva el poeta medita, reflexiona, intenta obtener del transcurrir del tiempo un contrapunto con las acosas y los seres que hacen de lo cotidiano su dominio. La selección de sus sintagmas léxicos, de las obsesiones que lo inquietan, siguen siendo los mismos. Los materiales permanecen aunque la forma de dirigirlos cambie de intención y de tensión. Muerte, sentido de la existencia, dolor por lo que se pierde o permanece, son siempre la causal fundamental de sus inquisiciones. Sigue, además, una especie de lentitud a la hora de la exposición frástica. El poeta huye del vértigo para adosarse al sosiego de un discurso que va tanteando el camino como un ciego que caminara por un pasaje nocturno. Más que la creación de imágenes ´poderosas o metáforas arrolladoras, lo que inquieta al poeta es dar respuesta a una incertidumbre espiritual. Así lo podemos leer en su poema “El instante”
Me detengo y tomo aire: una joya cae en la palma de mi mano… la sostengo la observo
la sopeso y la dejo caer…
analizado con detenimiento, las dos estilísticas anteriores (la una seducida por el calor y la fuerza de la imagen, y la otra por su significado o sentido) conservan una correlación intrínseca con las otras maneras de concepción del ejercicio poético ya enunciadas: la romántica y la modernista. En el caso de Riddell, como en el de otros poetas de su generación, el sentido paradojal o hibrido ha operado en su consolidación. Y de este pliegue nace una tercera vena escritural que, sin dejar de sumar a las anteriores agrega una notoria novedad: el sentido metaliterario y culturalista. En esta otra vía puede suscribirse una poesía decantada en los legados de lo conversacional. El sentido narrativo (descriptivo y explicatorio, secuencial) prevalece sobre la estabilidad imaginística. La imagen se va desazolvando para entregarse a una conceptualización que va más allá del lugar común. Esta poesía recurre, por tanto, a la memoria. Su experiencia nace no de la experiencia de lo inmediato (no se trata de ir describiendo las impresiones del día a día) sino de la enseñanza de una concentración vivencial. El poema es un lugar de encuentro, un punto de intersección entre un estado de cognición y otro de comunicación. El conocimiento no se cierra como un puño, más bien se abre como una mano que dejara en libertad, por fin, al pájaro que tuvo aprisionado. Ron Riddell ha llegado ya, en este tipo de poesía, que de hecho aparece de forma intermitente en toda su obra, a un grado de libertad creativa en el cual no tiene más remedio que comunicar en libertad el mundo: su mundo. Su poema “Un hombre parecido A Rembrandt” es una muestra clara de una voz poética en plena madurez expositiva.
Cuando subía por la cuesta de camino a casa, Me crucé con un hombre parecido a Rembrandt: Un intenso impresionante rostro; rojizo y encorvado Con tristeza, los ojos acuosos y un largo bigote.
Nos miró e incluso nos sonrió farfullándonos un áspero “hola”. Pensé en la vida y la obra de Rembrandt; Volteo para ver hacia donde el hombre se había ido. Demasiado tarde – había desaparecido al afondo del sendero invernal; el brillo del sendero
refleja el blanco plomizo del cielo y los trémulos perfiles de los árboles.
Entonces me digo: Yo conozco a este hombre. Conozco estos árboles,
conozco este pueblo que se levanta a la mitad del sueño de sus valles invernales, frío pero animoso.
Y volví a casa pensando en la sonrisa de Rembrandt. Volví a casa pensando en el Rembrandt
Aunque no debería obviarse una cuarta línea estilística y temática en la poesía de Ron Riddell (esa que tiene que ver con un aspecto de carácter social, eminentemente denunciatorio y de compromiso con la realidad), este es el lado aún menos consolidado de su obra, tal vez porque de cara a la modernidad tales formas parecen haber sido reemplazadas por reservas de expresión alejadas (desde hace más de cincuenta años) de las motivaciones del social realismo de la poesía escrita en lengua española, con la cual la poesía de Riddell ha empezado a dialogar. Pero independientemente de esto, esta vertiente estilística tampoco consigue expresar el espíritu ni la identidad de la cultura en la sociedad den la que se ha formado el poeta, lo que la hace prescindible sin con ello demeritar el resto de su producción poética. Lo espontaneo, lo natural, aquello que le da genuinidad al conjunto de su poesía está en las otras tres líneas escriturales descritas anteriormente, mismas que, en realidad, vienen a constituirse en una sola, esa que le da rumbo y coherencia a su manifestación artística. Como está sucediendo con las nuevas generaciones de poetas neozelandeses, las obra de Riddell no desoye (ni acusa) la inclusión de tendencias estéticas precedentes ni, mucho menos, los legados de otras tradiciones literarias, como es el caso de la griega, la norteamericana y ahora (para su caso particular) la hispánica. Los procesos de absorción y regeneración están vivos en una poesía (la suya) abierta a las transformaciones de su tiempo y a la evolución del lenguaje que la ha nutrido, de ahí que sea meritorio que pueda ahora establecer un contrapunto con el legado de la tradición poética española.
CEDMA, MÁLAGA, ESPAÑA INFORMACIÓN Categoria: Traducción
Ron Riddell, viajero del sonido y el color
Cuando un poeta dice que: "mis poemas corren por mis dedos; / , hacia el aire, hacia el viento", no es una simple metáfora, se trata de un viajero que conoce las diferentes tonalidades del color de los paisajes vividos, las vibraciones táctiles, una manualidad secreta que le da condición de artesanía de lugares. De ahí, también su relación con la pintura y la música, experiencias táctiles, orgánicas, sencillas y profundas de un observador de los ritmos de la vida. Este es el caso de Ron Riddell, una persona que quisiera hacerlo todo, no como un acto presuntuoso, sino como una múltiple relación holista con el mundo que lo rodea. Multiplicidad de las miradas, desde su íntimo paisaje de Nueva Zelanda, pasando por puertos inesperados, casi un griego en la suavidad y la percepción de una contemplación en movimiento, una dialéctica de los sentires, la ciudad, los recorridos, la velocidad casi estática de ver el descenso de una hoja, al lado del borbotón de estados trágicos donde ha vivenciado el drama de los desheredados de la tierra. En Medellín, se encontrado con una ciudad vestida de novia y de meretriz, de escándalo y de fiesta, de muerte y de celebración con la vida. El Milagro de Medellín y otros poemas ,es un encuentro con un paisaje que sin dejar de ser turbulento, el poeta logra tomarle el cariño del músico, la coloración del pintor, la sensibilidad de una poesía que se puede emparentar con lo oriental, con lo maorí, con lo celta y un profundo sentido de identidad descolonizadora con respecto a la cultura inglesa, manteniendo sabios lazos de entendimiento entre lo místico y la mesura filosófica de un acto que se encuentra entre la contemplación y el festejo expresivo. Podría decirse que Ron Riddell es viajero de sí mismo, es viajero donde no desconoce el legado occidental de su formación, pero que se encuentra siempre con una sed nueva de conocer nuevas estados del alma, nuevos acercamientos a las vario pintas formas de encarar la vida. No es la primer a vez que llega a Colombia, ni la primera vez que esta en Latinoamérica, pero con sus idas y venidas, va formando una complicidad de amistades y de pares en el ejercicio de la poesía, haciendo una amistad que se convierte en un agradable, respetuoso y sincero trato entre seres de lejanas y cercanas geografías.
Es de verdad un gran gusto tenerlo con nosotros, esperamos que su periplo por estas calles, por estas plazoletas y por nuestros barrios le sean propicios para extender más líneas invisibles, pero ciertas, entre la poesía en el mundo.
Muchas gracias. Fernando Cuartas Acosta.
Periódico El Universal Cartagena de Indias – Colombia. Lunes 12 Octubre de 2009 RON RIDDELL, DE NUEVA ZELANDA De paso por Cartagena Por GUSTAVO TATIS GUERRA
El poeta Ron Riddell. Ron Riddell (Nueva Zelanda, 1949), deslumbró a sus lectores al presentar su nuevo poemario “El oráculo de Alejandría”, en el Centro Cultural Colombo Americano, acompañado de su más alta e iluminada compañía: Saray Torres. El poeta se detiene a contemplar y a vivir el universo con la misma plenitud con que descifra el destino de los pájaros, las hormigas y los hombres.
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